viernes, abril 24
Día del libro
En esta ocasión decidimos continuar el viaje emprendido en septiembre de 2008 con motivo del III Foro Mundial de las Migraciones y para ello expusimos en las paredes del Centro Cultural Federico García Lorca las postales que en aquel momento escribieron los participantes en la actividad "Palabras Migrantes" y regalar a todos los asistentes un cuadernillo con los relatos escritos por los miembros de Literactúa a partir de esas mismas postales.
El broche de oro a nuestra intervención lo puso la proyección de un vídeo realizado a partir de las frases escritas sobre la arena por quienes se acercaron a participar en la jincana literaria. Ese precioso vídeo que, además contiene palabras de Borges y música de Albéniz, lo puedes ver aquí.
Aquí puedes ver alguna de las fotografías de la exposición:
Aquí puedes leer los textos creados a partir de las postales:
Primeras palabras (migrantes)
lunes, marzo 9
Libros
Llegaba del trabajo y entró en casa utilizando las llaves, en lugar de llamar al timbre. No supo bien por qué pero le pareció que el silencio era excesivo, masticable incluso.
— ¿Hay alguien en casa? ─ preguntó, sabiendo que por las horas, era justo la de la comida, su madre debería estar. Pero no hubo respuesta. Se dirigió derecha a la cocina y allí se la encontró, de espaldas a la puerta y moviendo lentamente la cuchara de madera dentro del puchero.
—Estás aquí. ¿No me oíste?— Beatriz hizo la pregunta por hacer. Sabía que muchas veces su madre se comportaba así. Parecía desconectarse de todo.
—Sí te he oído. ─ La madre se volvió y a ella no le gustó el gesto que encontró en su cara. No sabía definir bien si era ira o rabia o resentimiento, pero la emoción que contenía aquella mueca le causó inquietud.
—Pareces disgustada ─ Beatriz trató de ser suave en la apreciación. Su madre era una persona de poca paciencia y los nervios a veces la llevaban a situaciones muy peligrosas.
La vio dejar de mover lo que tuviera el recipiente, bajar el fuego y dirigirse hacia ella.
— ¿Y a ti qué es lo que te pasa, es que no te parece que tienes ya suficientes libros?
Beatriz retrocedió, sorprendida por el tono de la voz y por la pregunta. No tenía ni idea de qué le estaba hablando.
—Pero, ¿qué dices, de qué libros hablas?
—Ven y lo verás. ─ salió de la cocina hacia la habitación de Beatriz. Ella la siguió. Nada más abrir la puerta, vio una caja de cartón, con la tapa rota, que dejaba ver algunos libros en su interior.
—Esto lo han traído esta mañana. Y venía a tu nombre.
En ese momento Beatriz recordó lo que era. Hacía un mes había encargado una colección de libros. Su gran pasión era la lectura. A través de las páginas de cada uno de ellos vivía las vidas de los demás. De esa manera escapaba de la suya propia.
—Lo había olvidado. Pero, ¿por qué te enfadas?
—Porque estoy harta. Me tienes la casa llena de libros. ¿Para qué quieres tantos? Esto es un dineral.
Beatriz tragó saliva.
—Hay sitio donde ponerlos y además, sabes que los pago yo. Trabajo y puedo comprarlos. Es en lo único que gasto dinero. ¿Qué más te da?
—Pues me importa. ¿Quién tiene que limpiarlos y volveros a colocar?
—Pero si yo limpio y coloco mi habitación. Esto a ti no te causa ninguna molestia.
— ¿Es qué te estás riendo de mi? Hay libros por todas partes, no solo en tu habitación. Y no sé para qué, tú trabajas y ya no tienes tiempo. Sólo te gusta comprarlos para fastidiarme.
Beatriz tomó aire despacio. Tenía que controlarse, porque si seguía porfiando con ella, aquello iba a acabar muy mal. Y tenía miedo de aquellos finales. Debía ser paciente y no poner la maquinaria en marcha.
—Está bien mamá, no te preocupes, no compraré más libros — bajó la voz y dándose la vuelta se dejó caer sobre la cama.
— ¿Y te quedas tan tranquila, no?— siguió increpándola. No parecía tener ganas de terminar.
— ¿Qué es lo que quieres?, ya te he dicho que no voy a comprar más libros.
— ¿Qué quiero, dices? Lo que quiero es que ésto — llena de furia dio una fuerte patada a la caja de cartón─ salga ahora mismo de esta casa.
Beatriz siguió sentada sobre la cama, la miró y recordó, recordó cuántas veces a lo largo de su vida la había visto así. Casi cada día. Por cosas insignificantes o por cosas importantes, daba igual. Así empezaba y ella se retraía, se callaba, por miedo a sus palabras llenas de violencia. Por miedo a que, al final, la agrediera también con sus manos. Intentó seguir serena, esperar a ver si pasaba la tormenta.
—No puedo devolverlos. Ya firmé unos papeles para pagarlos en seis meses. Te juro que serán los últimos libros que yo traiga.
—Ni hablar, he dicho que te los llevas y te los llevas.
A fuerza de patadas desplazó la caja hasta la puerta. Los ojos despedían una ira intensa, el gesto contraído y todo su ímpetu empujando aquellos libros, como si pretendiera hacerlos desaparecer. Beatriz volvió a las imágenes de su infancia, cuando la amenazaba con cualquier objeto y ella se quedaba quieta, muy quieta, porque sabía que si se movía un solo centímetro aquel objeto lo esgrimiría contra ella. Se veía pequeña, muy pequeña. Pero, de repente, despertó. Ya no era pequeña, no tenía siete años, ni doce. Era una persona adulta. Aquella mujer ya no podría doblegarla, no podría agredirla, ella era fuerte y sabía defenderse. Tuvo la certeza de haber crecido y de que no iba a permitir ni un solo daño más. Se levantó de la cama y fue hacia su madre.
—Deja de dar patadas a la caja. No me los voy a llevar a ninguna parte. —Habló con tranquilidad, se sintió más alta. Por primera vez no quería hacerse invisible.
— ¿Quién te has creído que eres? — Al tiempo que le hacía la pregunta levantó la mano derecha en dirección a su mejilla. La de Beatriz se interpuso en su camino al detenerla por la muñeca.
Ambas se miraron, los ojos de su madre eran dos fieras enardecidas que parecían querer devorarla. Su boca tan solo una curva deforme. Beatriz, en silencio, siguió sujetando su mirada y su muñeca. Al fin, la madre bajó los ojos y aflojó la tensión de la mano. Beatriz la soltó.—Haz lo que quieras ─ dijo en voz baja antes de salir de la habitación.
Marga González Palacios
sábado, marzo 7
La Gula
Se celebraba la comida de Navidad de los mayores, día esperado por todos los beneficiarios con ansiedad. Desde primeros de noviembre, ya se oía preguntar ¿Cuándo es la comida de Navidad? Habría que ir preparando el traje e, incluso, aprovechar para comprar ese abrigo tan deseado y lucirlo ante un numeroso público. (El último año se juntaron más de mil personas) ¡Ni una boda de tronío.
Cinco autobuses supermodernos daban la vuelta a la manzana. Cuatro calles estaban tomadas por una muchedumbre de mayores muy emperejilados. Las mujeres, peinadas de peluquería, muy perfumadas y enjoyadas, lucían abrigos de alta peletería. También los hombres habían sacado sus abrigos oscuros, sus relojes y alfileres de oro para la ocasión. Entre la enorme barahúnda, vi a Juani apoyada en una farola. Permanecía callada, anulada por un grupo de charlatanas vocingleras. Estaba muy arreglada, pero sin gran ostentación, aparte del abrigo que parecía de piel buena y unos pendientes colgantes antiguos. Hasta se había dado maquillaje. La encontré muy favorecida. Parecía mentira que tuviera cerca de ochenta años.
Me acerqué a saludarla y me senté a su lado en el autobús, para ayudarla a bajar cuando llegáramos al salón y que no la arrollaran. Yo había estado el año anterior y conocía el número que se montaba. Efectivamente, bajamos casi a empellones. Todo el mundo quería llegar en primer lugar y sentarse en ciertas mesas (¿Estarían más cerca de las cocinas o sabían que los camareros servían antes en ellas? Misterios del ansia.
El aspecto del local, un salón especial para bodas, es indescriptible, cursi hasta la exageración, pintado en rosa y blanco. Con sus arcos y columnatas parece una mansión de Lo que el viento se llevó.
Después de una lucha encarnizada para acercarnos a los vestuarios a dejar los abrigos y otra para encontrar donde sentarnos, al fin conseguimos encontrar unos asientos en una mesa un poco apartada, es cierto, del gran bullicio pero a la que igual llegarían los camareros con la comida. Como siempre decía yo a los que me empujaban Hay comida para todos. Ya estábamos preparadas para engullir a base de bien, según amenazaba la tarjeta que sobre en nuestros platos, a saber:
Entremeses calientes (calamares a la romana, muslitos de mar, croquetas de jamón, croquetas de ave, empanadilla de bonito)
Langostinos del Caribe (Salsa mayonesa)
Cordero asado al estilo Jadraque
Patatas panadera y ensalada del tiempo
Todo regado con Tinto de Rioja, blanco Rueda y Analivia,(que no sé lo que es, por cierto)
Repostería: Tarta de crema y nata; Helado Flor
Con Cava Castellblanch
Café de Colombia, licores de frutas, coñac
Después, la tarjeta anunciaba Barra libre durante el baile
Yo renuncié al cordero al estilo Jadraque y pedí pescado, lo que me valió una mirada aviesa del camarero. Propuse a Juani que hiciera lo mismo, pero se negó en redondo. Le gustaba mucho el cordero y en casa nunca lo comía —dijo— cosa que comprobé porque repitió con gran entusiasmo. También repitió de los langostinos y creo que nos habían puesto ocho o diez para empezar, de las croquetas de jamón y de ave. ¡Están riquísimas —me animaba—El vino blanco y tinto nos iba a las dos, así que nos bebimos nuestras dos o tres copas. Yo renuncié a la tarta de crema y tomé el helado en Flor. Juani tomó tarta y helado; las dos nos animamos con el Cava Castellblanch. Yo renuncié al café y tomé una infusión para aligerar el estómago. Juani tomó dos descafeinados con leche.
Total, que nos llenamos como dos boas, pero eso no era nada, si mirabas lo que comían otros comensales con cuerpos de hipopótamo. Increíble que en un ser humano pueda caber tanta comida.. Al fin y al cabo, Juani y yo estábamos relativamente delgadas.
Como empezaba a sonar la música, nuevos empellones para ir a bailar u ocupar sillas en primera fila los que no bailaban. Los que íbamos a bailar (si podíamos) comentábamos: moveremos el esqueleto para bajar lo tragado. No nos dejaron. Había que seguir tragando. Llevábamos una hora o menos bailando, cuando empezaron a aparecer camareros con bandejas de atrayentes pastelillos, que nos colocaban ante las narices. Yo, en este caso, sí resistí la tentación como una valiente y, en cuanto a la barra libre, solo pasé por el buffet a pedir una tónica, mientras muchos se aglomeraban y tomaban toda clase de bebidas alcohólicas. Sobre todo, tenía mucha aceptación el Baileys y el Licor 43, bombas de relojería donde las haya. Algunas señoras también tomaban anís Marie Brizard. Los whiskies y otras bebidas secas que tomaban los hombres sin parar, por lo menos, no afectaban a la glucosa, diabetes y demás males habituales en los mayores.
De pronto, paró la música en seco y se empezó a oír un murmullo extraño e incluso algunos gritos. Una muchedumbre corría hacia determinado lugar, aunque otros muchos continuaban persiguiendo a los camareros de los pastelitos. Me dirigí hacia el origen del conflicto y allí, tendida en el suelo, todo lo larga que era, estaba Juani. La que estaba bailando con ella cuando cayó, decía que se había quejado de que estaba algo mareada y, sin más, se había desplomado en el suelo. Mientras llegaba la ambulancia que habían avisado, acudió un médico y varios voluntarios entendidos, que siempre los hay. Le hicieron el boca a boca, le desabrocharon el cinturón y el sujetador, le pusieron un espejo ante la boca. Todo fue inútil. Está muerta. No respira —decían— Muchos seguían comiendo pastelitos y protestaban porque había parado la música.
Por fin, llegó una ambulancia, que nos echó a todos a la calle y allí estuvimos un buen rato, helados de frío, esperando a ver qué había pasado. El alma se me cayó a los pies, cuando vi que los enfermeros que habían venido en la ambulancia salían al jardín y guardaban tranquilamente todos los aparatos de reanimación que habían traído, y la pobre Juani seguía tirada en el suelo, seguramente esperando que viniera un juez o la familia. No sé lo que hacen en estos casos.
Esto me reafirmó en mi idea de que el ayuntamiento tiene cierto interés en eliminar de forma taimada a los mayores de sesenta y cinco años. El porcentaje de mayores aumenta de forma alarmante y el día de la comida de Navidad, junto con otro día en verano en que los llevan a la Adrada, a un complejo con piscina y demás comodidades, son los escogidos para que mueran felices. Lo que se come en Navidad es un aperitivo, comparado con lo que ponen en la Adrada. Es tal la cantidad de comida que ponen y, además, de la altamente prohibida por los médicos, que seguro que estos dos días conseguirán cargarse a unos cuantos, si no inmediatamente, como fue el caso de Juani, en un plazo relativamente breve.
lunes, febrero 9
poeSÍa contra la barbarie
lunes, enero 26
Este sábado, en Rivas: poeSÍa contra la barbarie
jueves, diciembre 25
Un libro, un viaje: Córdoba de los Omeyas
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| Córdoba de los Omeyas |
jueves, septiembre 18
Palabras migrantes: Gracias a todos
Aún permanecen en nuestros ojos las lágrimas de la emoción por la increíble acogida y éxito de la jincana literaria Palabras Migrantes que organizamos con motivo del Foro Social Mundial de las Migraciones. No sólo por la inesperada cantidad de gente que acudió a nuestra instalación sino por la satisfacción y alegría con la que completaban las pruebas. Pero si la participación superó todas nuestras espectativas, el resultado nos conmocionó. Cuando comenzamos a leer los formularios, las inscripciones en la arena y, sobre todo, las postales, no pudimos evitar enternecernos.Estamos recopilando todo el material y, tal y como anunciamos, organizaremos una exposición en la que podréis leer todos los textos. Por el momento, aquí os dejamos con las fotografías que tomamos de los mensajes sobre la arena y con el texto de alguna de las postales (imposible seleccionar sólo una):
Amor da minha vida. Acabei de falar contigo mas não ha nada como um postal para
dizer o quanto te amo e o quanto penso em ti. Conta os grãos da areia do deserto
e encontraras o numero de vezes em que penso em ti. Amo te muito
Querido amigo imaginario, que el viento que moldeó estas dunas lleve hasta ti mi
más caluroso y solidario saludo. Un mundo mejor es posible y en el cabemos
todos.Queridísimos amigos, os escribo unas líneas después de mi huída, en este lugar espero sernarme y volver a ser el que fui, sobre todo estos lugares y paisajes me han hecho darme cuenta mi egoísmo y el daño que he hecho a tanta gente. ¡Perdonarme! Os quiero.
Querida amiga. De nuevo estoy en este sitio invisible de donde es difícil salir. Si tú estuvieras conmigo... pero ya sé que no puedes. Solamente tu recuerdo me anima para seguir intentando hacer surco en el camino, mi camino, tu camino, ese camino de todos. Mientras encuentro la llave, un rayo de sol que entra por una rendija estrecha me hace feliz y sonrío. Eso que no falte nunca. La risa.
¡Hola amor! En pocas palabras te resumo mi visita a Rivas, al Foro Social Mundial de las Migraciones, son muchas experiencias, muchas sensaciones, alegrías, tristezas, sentimientos compartidos que te ayudan a mejorar como persona. Musus.
